
Antonio logró su sueño: Su hijo tenía el alta médica.
Al salir de la consulta y comenzar a embriagarse del aire primaveral, sabía, mientras escuchaba a su mujer, que estaba en deuda con Jesús Cautivo.
Lo suyo era un amor surgido entre sacos de harina en Calle Zamorano cuando era un infante de ilusiones vivas.
Lo cumplió un viernes.
Solo y tranquilo, busco el templo trinitario como jamás lo había hecho.
Iba con un ramo de flores que dejó ante quien reinaba en su ser.
Nadie sabe lo que le dijo.
Ni tan siquiera si lloró.
Fue su última cita.
El lunes, un infarto le rompía el corazón.
Entre sangre blanca y malva, comenzaba el viaje eterno.
Desde entonces, el recuerdo aflora en aquel joven que se reencuentra consigo mismo en la Plaza de San Pablo, cada Sábado de Pasión. Cada misa de Alba. ¡Viva el Cautivo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario